
Cada vez más y más científicos coinciden en la conclusión de que los
impulsos del cerebro humano y la frecuencia cardiaca pronto sustituirán
las contraseñas habituales. Dado que el código generado basado en esta
información fisiológica no se puede ni robar ni olvidar, y también es
muy difícil falsificarla, en el futuro el código será capaz de
reemplazar a los dispositivos de entrada, tales como huellas dactilares,
patrón de la retina o la silueta de la mano.
Recientemente los investigadores descubrieron que si mostraban a una persona una foto con su familiar, su cerebro comenzaba a producir impulsos eléctricos que pueden ser utilizados como una contraseña. Sin embargo, el principal obstáculo para el uso más amplio de las contraseñas ‘visuales’ sigue siendo la necesidad de poner los electrodos en la cabeza.
Otros investigadores vinculan el futuro de los sistemas de autenticación con un sistema de cifrado basado en el ritmo cardiaco. Así John Irwin, del Laboratorio Draper en Cambridge, estableció que el ‘dibujo’ del pulso de una persona sigue siendo el mismo incluso cuando se aumenta el ritmo cardiaco. Sin embargo, de momento esta teoría se ha probado solo en 200 personas.
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